Escrito por el Director, Santiago Baraona

Revisa el Discurso de graduación Generación 2019

15 de Noviembre de 2019

Queridos alumnos, queridos papás y familiares de los que hoy se gradúan, queridos profesores del Colegio Tabancura. Señoras y señores.

Quizá nos dio lo mismo…

La graduación de esta generación de alumnos de IV medio la hacemos en circunstancias graves  y preocupantes para nuestro país. Parece que el mundo que para muchos de nosotros parecía seguro, lleno de promesas de progreso, se desmorona; hasta lo más cotidiano y ordinario no hay certeza de que lo podamos realizar: transitar tranquilo por las calles sin sufrir humillaciones, comprar en el supermercado del barrio, competir en un interescolar de atletismo o rendir la PSU en la fecha que se ha fijado. A todos nos duele la situación actual y nos lamentamos. En general, los discursos de graduación suelen ser alegres y optimistas. En esta ocasión sería frívolo no ofrecer, desde una perspectiva educativa -que es la propia nuestra- una reflexión sobre el momento histórico que vivimos e invitarlos a buscar soluciones reales para superar la crisis en la que estamos inmersos.

El Colegio Tabancura no nació en un período de nuestra historia pacífico y que no haya estado marcado por tensiones, tanto en la sociedad civil, como en la Iglesia. Todo lo contrario, el Tabancura surge en 1970 precisamente en medio de un período turbulento, y surge, como un proyecto que pretendía ayudar a las familias en la educación cristiana de sus hijos. De alguna manera, las circunstancias por las que atravesamos nos hacen reencontrarnos con los orígenes y renuevan nuestra vocación de ser, junto a otras muchas entidades de la sociedad civil, un aporte a la vivificación cristiana de nuestra patria.

Ahora bien: ¿Cuáles eran esos problemas en el año 70? Uno de ellos, el peligro del marxismo que amenazaba con destruir entre otros bienes humanos, la libertad religiosa y la de educación. El colegio se planteó entonces como un espacio de libertad y de protección de la fe y de la familia. Con el correr de los años y especialmente luego de la caída, en Europa, de los regímenes totalitarios marxistas, pareció que por fin estábamos a salvo. Sin embargo, otra enfermedad se incubaba en nuestra sociedad: la del individualismo liberal, que lentamente empezó a corroer las bases sobre las que se asentaba nuestra convivencia. El filósofo francés de origen judío Fabrice Hajdjad, en lúcido análisis, nos dice que “el inventor del individualismo es el proyecto social de deshacer las comunidades naturales -arcaicas, a la vez demasiado dramáticas y demasiado inmovilistas- y de elaborar un mundo más eficaz, más ideal y más abierto al progreso”. Sin embargo, lo curioso de este fenómeno es que en vez de haber llevado a la exaltación del individuo lo ha llevado a su anulación. La sociedad de masas nos invade por todas partes. Escribió Mario Góngora: “La masa no es solamente la multitud vociferante de las jornadas políticas, ni la opinión pública expresada a través de los medios de comunicación (hoy podríamos agregar a las redes sociales); es hoy día todo un régimen existencial de la vida humana, que impone una nivelación general”. Cuando el fenómeno de masas lo invade todo, paradójicamente se forma una “multitud solitaria” y la persona sola y aislada se vuelve débil e impotente para resisir a los cantos de sirena del materialismo, del agnosticismo, del hedonismo, del consumismo, de la violencia, del narcisismo…

Quizá nos dio lo mismo no proteger a la familia tradicional. Y así vemos que hoy muchos niños y jóvenes nacen y se educan sin un papá y una mamá.

Quizá nos dio lo mismo que la religión fuera relegada a lo privado y que empezaran las hostilidades hacia ella en la vida pública.

Quizá nos dio lo mismo la crisis de la Iglesia. Tal vez era el problema de otros, de los "abusadores" y "abusados", pero no el mío.

Quizá nos dio lo mismo que se haya pasado a llevar el derecho a la vida. Después de todo, era la decisión de otro.

Quizá nos dio lo mismo la apostasía silenciosa de Chile. Tal vez no advertimos a tiempo que el olvido de Dios lleva necesariamente al olvido del hombre.

Quizá nos dio lo mismo el escándalo del enriquecimiento ilícito o la proliferación de formas de vida objetivamente opulentas y desconectadas de la realidad.

Quizá nos dio lo mismo que nos diera lo mismo el de al lado, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la falta de compasión. Y bajo el mismo prisma, aquí en nuestro colegio, tal vez fuimos testigos pasivos del maltrato, de la exclusión de un compañero o no hicimos nada por curar su soledad.

Quizá nos dio lo mismo y nos da la mismo, la adopción de formas de vida hedonistas cuyos ingredientes principales son el alcohol, las drogas, la pornografía y el sexo desvinculado del compromiso.

Pero definitivamente no da lo mismo. Queridos alumnos: no… da… lo mismo. El fracaso de una sociedad que se construye sobre estas bases lo tenemos a la vista.

Entonces ¿Qué hacer? ¿Hacer las maletas y buscarnos un lugar, un país, en que las cosas den lo mismo? Sería dar la espalda a Chile.

¿Qué hacer? ¿Cómo salir de todo esto? Desde luego no proponiendo otra construcción social, sino volviendo a tomar lo dado de las comunidades naturales. En primer lugar, la familia entendida en su concepción conyugal: uno con una para siempre. La familia es la primera comunidad humana, el lugar fundamental donde uno se sabe querido en forma incondicional, el lugar donde se aprende el respeto, la gratitud y el amor. Una familia debe inyectar desde temprano, en un ambiente de confianza y de libertad, las pautas de comportamiento; si no es así, el individuo va aprendiendo paulatinamente a acomodarse a lo que piensan y “sienten” los otros. La familia como escuela de virtudes, forma al buen ciudadano, que es aquel que se preocupa de la polis, de su patria, de Chile. Todos estamos llamados a aportar desde nuestro lugar específico, y ojalá muchos en el servicio publico, en la construcción de un mejor país.

Luego, es fundamental la comunidad del hombre con la naturaleza. Lo que hoy podríamos llamar una ecología integral, lejana a toda ideología y reduccionismo. Debemos cambiar el paradigma del dominio irrespetuoso de lo creado a uno en el que prime el respeto de la Casa Común, partiendo por una incondicional defensa y cuidado del no nacido, del más débil y del anciano. En esta misma línea, debemos revisar nuestra relación con los bienes creados y con el dinero, empeñándonos por adquirir un estilo de vida sencillo y sobrio. La avaricia endurece el corazón y como un frío glacial amenaza por deshumanizar el conjunto de nuestras relaciones con los demás y con las cosas. También debemos proteger el medio ambiente, adquiriendo razonables costumbres ecológicas.

En tercer lugar el culto, que es la comunidad del hombre con Dios. Es urgente ayudar a reestablecer en muchos, quizá partiendo por uno mismo, esa confianza íntima en Jesucristo, Redentor del hombre. Sin Él, ¿cómo se puede acoger lo que nos toca, las circunstancias de nuestra vida, con todos sus dramas y sus aparentes contradicciones?. Humanamente es imposible, pero precisamente en la imposibilidad se nos abre el misterio más fascinante de la vida humana y que es el fundamento de la esperanza: “La imposibilidad es la puerta hacia lo sobrenatural. Sólo podemos golpear. Es otro el que abre” (Simone Weil). Sí, es otro el que abre. Sólo Dios puede cortar las distintas cadenas que nos esclavizan y muchas veces nos agobian.

No quiero terminar sin decir algo muy breve sobre la amistad. Todos sabemos que es fundamental para el desarrollo integral. En el Tabancura habrán hecho pocos o muchos amigos. Lo importante no es la cantidad. La amistad, como bien humano, se mide por la calidad del compromiso con el amigo. Compromiso que debe llevar a una preocupación genuina por el otro y a corregir noblemente si es necesario. Sin compromiso por la búsqueda del bien, la amistad se corrompe y no deja de ser más que un grupo de estudio, de deporte o de “carrete”.

Queridos alumnos que hoy se gradúan. Egresan del colegio en momentos en que el horizonte pueden verlo cargado de pesimismo. Nuestro deseo es que dejen el Tabancura llenos de optimismo, dispuestos a renovar el tejido social con la fuerza de la familia, con el respeto profundo a todas las personas procurando llevar paz y justicia, y con el don de la fe en Dios, que hace posible lo imposible.

Muchas gracias.