De puño y letra

Editorial de don Marco Antonio Orellana: "Mi reflexión tras 27 años en el Tabancura"

21 de Septiembre de 2020

En toda institución ligada a la formación de personas, se va construyendo en su historia un conjunto de palabras y conceptos que van revelando la esencia de un colegio. Ese fue un desafío cuando llegué al Tabancura hace 27 años. Y aunque tenía algunas nociones sobre el colegio, por algunos compañeros de curso de la universidad que ya trabajaban en él, la experiencia presencial me mostró un equipo de trabajo de gran exigencia y de alto desempeño. 

A poco entrar me fui enterando de las singularidades que tenía este colegio (y que aquellos que no conocen otras realidades les cuesta distinguir). 

En primer lugar, el ambiente de confianza. Se notaba la confianza que la administración depositaba en los profesores, lo que se reflejaba en diferentes aspectos del quehacer pedagógico. 

Había un ambiente de mucha libertad curricular. Existía un lineamiento general de contenidos y objetivos, cada Departamento de asignatura se preocupaba de establecer los programas y el resto se entregaba al profesor. 

Con el tiempo este lujo se ha ido acotando, producto de las sucesivas reformas curriculares que fueron especificando los contenidos mínimos obligatorios, acabando con la flexibilidad y los énfasis a los que estábamos acostumbrados. 

Lo anterior motivó otro aspecto que es muy relevante. Nos obligó a diseñar un Plan de Estudios que cumpliese con los nuevos contenidos curriculares - ineludibles porque estaban vinculados a las pruebas estandarizadas- y adaptarlos al perfil de egreso de nuestros alumnos.   

Más tarde escuché hablar de “trato personal”. Me pareció algo muy obvio ya que trabajábamos con personas, pero con el paso del tiempo le fui dando sentido a esta frase. El trato uno a uno, desde los padres que no tenían reuniones generales, si no que entrevistas, hasta los alumnos que conversaban con sus profesores jefes con cierta regularidad, tutorías les llamaban. Hoy, que la tutoría es un objetivo estratégico permanente en nuestro colegio, costaría entender otra forma de relacionarse con los alumnos, a un profesor le escuché decir, “un curso con tutorías es un curso muy distinto al que no las tiene”. 

Y el trato personal entre los profesores y entre éstos y la Dirección del Colegio era muy cercana, una comunicación personal que no estaba circunscrita a lo estrictamente pedagógico sino, de manera preferencial, al ámbito formativo. Esto se palpaba en las “jornadas iniciales”, donde la mayoría de los temas eran de ese tipo; valores, antropología, fundamentos de la educación y, una pequeña parte, no menos importante, eran los avisos que personas como Don Ulpiano en un principio, y Don Edgardo más adelante, nos señalaban las normativas del “régimen interno” para que todo funcionara perfectamente. Vinculado a lo anterior, estaba la reunión de los martes, ocasión que estaba asignada para escuchar charlas relacionadas con aspectos pedagógicos o culturales. Muchas veces tuvimos extraordinarios invitados que venían a compartir temas de cultura en general.

El Tabancura, institución de aprendizaje. No me refiero a la evidente función que tiene toda entidad educativa, lo menciono como una cualidad que se verifica en muchos ámbitos. Uno de estos es la interacción con otros profesores, tanto de la misma como de otras especialidades.  La distribución de los profesores en Departamentos de asignatura ofrece la posibilidad de un permanente aprendizaje. ¡Cuánto aprendí de las conversaciones con otros profesores, detalles, contenidos, puntos de vista y anécdotas que me ayudaron en mis clases y en mi vida personal!  

Otra vía de aprendizaje son los encargos. Quizás hayan escuchado la expresión “hemos pensado en este encargo para ti”. Los que hemos escuchado esa frase normalmente no sabíamos -no directamente al menos- de lo que nos estaban hablando. Porque la mayoría de esos “encargos” no estaban ligados al ámbito pedagógico. No de la manera que uno lo aprende en la universidad al menos. Organizar el asado para su curso durante la semana del colegio, coordinar la confección de la alfombra del Corpus Christi, contratar y supervisar un grupo de música para una cantata musical, organizar y realizar una kermesse (antes no se contaba con la ayuda de los padres), diseñar y ejecutar un viaje de estudios, preparar y acompañar a un curso para el desfile del 21 de mayo, organizar un campeonato de debate, acompañar a un grupo de alumnos a un curso de retiro... de silencio, trabajos de invierno y verano o un Tabancura en Acción, innumerables visitas de misericordia, distribuir las mesas para la comida final de IV medio, supervisar una obra de teatro, y organizar y/o colaborar en el día del colegio (en este caso lo usual es que uno, a menos que sea del equipo organizador, se enteraba de su encargo en la reunión del martes anterior al día del colegio). 

No, definitivamente no son actividades del área pedagógica. Pero en el Tabancura se aprende que toda actividad realizada tiene una finalidad educativa. En todos esos “encargos” los alumnos y profesores aprendemos muchísimo (o al menos tienen la oportunidad de hacerlo). Todos los que han tenido la oportunidad de participar en estas actividades, han aprendido de los lugares, de las personas con las que trabajamos y de la convivencia con nuestros alumnos. De hecho, tenemos el convencimiento, que son las instancias donde mejor se puede conocer a nuestros alumnos.

Siempre en movimiento. En todos estos años, sin duda que ha sido necesario ir haciendo cambios. Por varias razones, en primer lugar, por la naturaleza misma de la labor pedagógica que tiene elementos de continuidad y cambio. Debemos ajustarnos a los cambios que están vinculados a la orgánica educativa estatal, eso es insoslayable. También, por un tema de inquietud pedagógica y siempre buscando mejorar la eficiencia de nuestra labor, debemos estar actualizados en las diferentes propuestas, tendencias y visiones de la enseñanza. Lo importante es que fueron precedidas por un proceso de estudio acerca de su atingencia, y siempre con la inquietud de ¿replicar o apropiar?  La primera opción es, sin lugar a dudas, la más arriesgada. Replicar un modelo exitoso que se dio en otro contexto no asegura que el resultado sea el mismo. Nunca, por más empeño que se ponga se podrá replicar de la misma forma.

El camino que más he conocido es la apropiación, esto es, identificar en la propuesta los aspectos que nos parecen positivos e incorporarlos y/o adaptarlos a nuestro particular contexto cultural, haciendo partícipe de ellos al mayor número de actores, en especial con aquellos que lo deben poner en práctica.  Sólo de esa manera se “tabancuriza” el proyecto y aumenta las posibilidades de éxito.
Y si de aprendizaje estamos hablando un desafío muy importante fue la incorporación de la tecnología a nuestro quehacer diario. 

Durante muchos años se la vio como una amenaza. Se solía decir “somos un colegio de tiza y pizarrón”. En esos tiempos era impensable que hoy contáramos con un Departamento de tecnología educativa, ¡y enhorabuena! no quiero imaginarme haber enfrentado esta modalidad de clases remotas sin el soporte tecnológico que se ha creado en los últimos años. No fue fácil ese cambio, tanto alumnos, como profesores y los mismos padres tuvieron sus aprensiones, pero la fuerza de los acontecimientos nos ha indicado que era un paso necesario.

Lo reseñado nos mueve a pensar en la vitalidad que tiene El Tabancura, una comunidad en movimiento. Sería útil citar a Heráclito con su analogía del río, “uno nunca se baña en el mismo río”, para explicar que una institución que va renovando sus generaciones año a año siempre está en cambio.

Esto puede tener varias dimensiones. Un colegio es una porción de la comunidad, un microcosmos que refleja la mayoría de los cambios que ocurren en la sociedad. Y en toda comunidad podemos encontrar elementos de continuidad y cambio.

Los profesores se suelen identificar con los elementos de continuidad, pueden ver la trayectoria completa y tienen la esperanza corporativa que el camino termina bien. Los profesores pueden diferenciar las modas de los procesos de larga duración, tienen un lenguaje, una manera de hacer las cosas, que denota un estilo, un ethos que se mantiene en el tiempo.

Si consideramos el rol de los padres este no ha cambiado en lo esencial, pero sí en la manera de cumplir su función, hoy los hijos requieren de mayor presencia intencionada, han cambiado los niveles atención. A veces podían confiarse en la inercia que ofrece el resto de la comunidad, hoy creemos que es más difícil.

Los alumnos son por esencia la dimensión de cambio. Son lo más vital del colegio y la razón de ser de nuestra función. No podemos ocupar una sola palabra para describirlos, nos interpelan y nos exigen, saben que pueden contar con nosotros y nosotros aprendemos con ellos. De hecho, lo que más se echa de menos en este período de educación remota es la interacción con nuestros alumnos, en la clase, en el patio, en el día a día.