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Editorial

Solidaridad

 

En todas las parroquias se anunció el inicio del mes de la solidaridad, la fecha se definió porque en agosto se celebra la fiesta de San Alberto Hurtado,  quien vivió la virtud de la solidaridad de modo heroico. Él mismo la definió como “esa actitud espontánea para reaccionar fraternalmente frente a los demás, que lo hace ponerse en el punto de vista ajeno como si fuese el propio; que no tolera el abuso frente al indefenso; que se indigna cuando la justicia es violada”  (Moral Social).

 

El Papa Benedicto XVI lo explicaba también recientemente a los jóvenes, centrándose en su real fundamento: En el diálogo con el joven que poseía muchas riquezas, Jesús indica cuál es la riqueza más importante y más grande de la vida: el amor. Amar a Dios y amar a los demás con todo su ser. La palabra amor, como sabemos, se presta a varias interpretaciones y tiene distintos significados: nosotros necesitamos un Maestro, Cristo, que nos indique su sentido más auténtico y más profundo, que nos guíe a la fuente del amor y de la vida. Amor es el nombre propio de Dios. El apóstol san Juan nos lo recuerda: «Dios es amor», y añade que «no hemos sido nosotros quienes hemos amado a Dios, sino que él es quien nos amó y nos envió a su Hijo». Y «si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4, 8.10.11). En el encuentro con Cristo y en el amor mutuo experimentamos en nosotros la vida misma de Dios, que permanece en nosotros con su amor perfecto, total, eterno (cf. 1 Jn 4, 12). Así pues, no hay nada más grande para el hombre, ser mortal y limitado, que participar en la vida de amor de Dios. Hoy vivimos en un contexto cultural que no favorece relaciones humanas profundas y desinteresadas, sino, al contrario, induce a menudo a cerrarse en sí mismos, al individualismo, a dejar que prevalezca el egoísmo que hay en el hombre. Pero el corazón de un joven por naturaleza es sensible al amor verdadero. Por ello me dirijo con gran confianza a cada uno de vosotros y os digo: no es fácil hacer de vuestra vida algo bello y grande; es arduo, pero con Cristo todo es posible”.

 

Nos hemos enterado recientemente del aumento del número de personas que viven en la marginalidad en nuestro país, y se hace más necesario, por tanto, tener una conciencia clara acerca de nuestra actitud ante el prójimo. Pero la solidaridad, como bien sabemos, no se practica sólo en las grandes decisiones de ayuda y promoción social, se debe experimentar en cada momento, en el día a día, partiendo por la actitud que tengo hacia mis compañeros de estudio y de trabajo, por el respeto  hacia su persona, por mi preocupación acerca de su bienestar físico y espiritual, que pasa por crear un ambiente amable y  acogedor, por hacer bien mi propio trabajo. De esa forma comenzamos por demostrar nuestra solidaridad, como nos lo recuerda San Josemaría: “Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. -¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!” (Camino n.440).